La lectora
En sus rondallas matutinas había encontrado un lugar idílico, un lugar bucólico y pastoril. Plácidamente instalado en el maremagnum de la ajetreada ciudad se escondía como por arte de Birli Birloque un paraíso por descubrir, narcolécticamente seductor, relajante, sedante, un rinconcito al que se llegaba a través de un paseo bordeado de pinos primorosamente ajardinado, un paseo de pinos limpio, cuidado, solitario, casi virginal, verde, intensamente verde, donde el silencio apenas se rompía con el trino de los pájaros y el canto de los grillos, ese canto de los machos chicharreros al frotar sus élitros, un paseo bordeado por plantas aromáticas, melisa, lavanda y santolina, una especie de jardín tal cual fuese diseñado por el arquitecto que forjó los jardines de Babilonia y
La Lectora se trasladó a la mitad del primer milenio a. .J.C., al imperio de Nabucodonosor II, a la ciudad babilónica y se transfiguró en su esposa, hija del rey medo Ciaxares y asistió a las ceremonias del templo Marduk y se paseó por la avenida procesional adornada con 120 leones, que conducía desde una de las puertas abiertas en la gran muralla doble franqueada por un foso, que rodeaba la ciudad, la puerta de Ishtar, nombre de una de sus divinidades, y decorada con policromados y esmaltados, hasta el gran zigurat del templo, la torre piramidal escalonada que conducía hasta el santuario de la Divinidad. Y paseó por el puente de piedra que cruzaba sobre el río Eúfrates que dividía Babilonia en dos. Y se paseó por su fastuoso palacio y sobre todo, por encima de todo, se recreó entre los primorosos jardines colgantes, un regalo de su esposo, jardines sustentados sobre bóvedas descendentes, jardines de ensueño, una de las siete maravillas del mundo.
La Lectora siguió caminando por el paseo de los pinos y en un récodo del camino, semioculto, íntimo, halló un banco y una mesa de piedra, un acogedor escondrijo para hacer revivir los personajes de sus libros. Se sentó en la piedra y abrió su novela. Volvió a Babilonia con Voltaire, a ser la princesa Formosanta. Tres reyes se disputan su mano, pero el faraón de Egipto, el Sha de las Indias y el gran Khan de los escitas son vulnerables ante la destreza y el talento de un joven desconocido que dice ser hijo de un pastor. La lectora se enamora de ese joven, Amazán, y emprende un peregrinaje detrás de este mancebo, el cual creyéndola infiel con el Rey de Egipto, viajará por tierras extranjeras, jurando no amar a nadie más que a Formosanta y no serla infiel, enseñándola cómo se pueden vencer las tentaciones y pasiones que en forma de bellas y seductoras mujeres se le ofrecen y él le es fiel, resiste, hasta llegar a la capital de los galos, gentes ociosas, frívolas y alegres y el joven olvida su promesa rendido ante la belleza de una joven, y es esa debilidad lo que le hace más humano y le afianza, no desbaratando su amor por Formosanta, sino que lo incrementa con nuevas promesas.
La Lectora se ríe, encima de la mesa dos niñas de doce años platican descaradamente, ella escucha, al parecer, la mas pizpireta se llama Lolita, la otra, Ardid, y Lolita le está diciendo a Ardid, en plan burlón, que ese nombre es estúpido, que parece un nombre de cuento que se lo hubiese puesto la Dama del Lago, y Ardid le responde que eso es imposible, pues la Dama del Lago es su más encarnizada rival, y ella es Reina de Olar, esposa del rey Volodioso y futura madre del Rey Gudú. Lolita se tapa los oídos para no oír semejantes sandeces y prefiere volver al libro, a seguir sus devaneos por medio país con su padre putativo, con H.H.
La lectora mira a Ardid y la pequeña Reina la invita a viajar por los túneles hechos por el Trasgo bajo la tierra y a deleitarse con el mosto de los viñedos de las tierras cálidas del sur y a volar en la nube del Hechicero para contemplar desde lo alto las mil y una batallas de sus fieros guerreros en el dominio y conquista de la Tierra Media, pero cansada de tanta lucha y tanta sangre, cierra el libro, no sin antes despedirse de Ardid y sus amigos.
A la semana siguiente, la Lectora, sentada en el banco de piedra del Picnic, en el recoveco del paseo de los pinos, es la única adulta y por ende mujer, en aquella isla habitada tan solo por niños que juegan a cazar jabalíes y hacer asambleas al ritmo de una caracola, pero es invisible, ella no puede intervenir ni aconsejar, no le está permitido inmiscuirse en esta novela, no tiene ningún papel, no puede dar consejos a Jack ó a Ralph, ó a Piggy ó a los gemelos, ni puede abrazar tiernamente a los pequeños, porque desvirtuaría el sentido del relato del Señor de las Moscas, y se limita a pasear por la playa y a bañarse en las pozas azul turquesa, y lo que más hubiese deseado fue haber podido introducir un caja de cerillas para encender la hoguera y una arma de fuego para cazar y por encima de todo cordura y sensatez, solidaridad y amistad.
La lectora llora, porque Alicia Almenara está viendo con sus propios ojos un mundo esperpéntico de seres deformes, grotescos, absurdos, tanto física como psíquicamente en aquel hospital psiquiátrico de la llanura castellana. Y se siente tan identificada con Alicia, con su intelecto, su clarividencia, su snobismo, su misterio, que llegar a ser ella y pasea agarrada de la mano de la niña oscilante y charla amigablemente con su amigo Ignacio Urquieta y se enamora del doctor y el horror de aquellos seres se va transformando en cariño y simpatía, ahora es capaz de empatizar con ellos, incluso con el lascivo y sobón jorobado o el celoso y asesino hombre elefante, con todos, excepto con el prepotente Director y Alicia, cuando recobra la libertad, esta le parece un sinsentido y vuelve, vuelve a su Hospital para quedarse para siempre y la lectora ha de cerrar el libro con todas las fuerzas de su voluntad para no quedarse ella también encerrada allá dentro como Alicia al crecer y crecer y crecer en el país de las maravillas.
Y la lectora pasea por las calles de San Petersburgo, encerrada en el corazón de un joven estudiante atormentado que acaba de cometer un crimen pero que no se siente un criminal y observa el raro mundo de la sociedad rusa de Dostoyesvski, y se enamora de quien no le corresponde y ama y no le aman y se muestra indigno y tiránico con los personajes que aborrece pero tierno y generoso con los que ama, y juega en los casinos y se emborracha y se bate por honor y provoca con las palabras. Extraño mundo.
La lectora sonríe, encima de la mesa tiene dos libros abiertos al mismo tiempo, y sonríe porque un hombre alto, lánguido, barbas de chivo, estrafalario, acompañado de otro bajo y regordete cabalgan a lomos de un rocín y de un jumento por las calles de Verona, y descubren hombres armados que se baten a espadas, los Capuletto y los Montescos, y la Lectora, se esconde tras de un arbusto, al comprobar como el hidalgo Don Quijote, lanza en ristre acomete contra aquellos malandrines, pero ellos son más y le descabalgan, le muelen a palos y abandonado, presencia desde el suelo la riña de dos hombres, Romeo venga a Mercucio, cortando la vida de Tybal, el querido primo de Julieta. Curiosa forma de mezclar a dos autores que aunque llegaron a morir el mismo día del mismo año, un 23 de abril, nunca se llegaron a encontrar ni tal vez a saber el uno del otro.
Y la lectora regresó a la biblioteca a proveerse de otro libro para leer entre los pinos y jugar a ser protagonista de los mismos.
Reseñas literarias :
La princesa de Babilonia, de Voltaire.
Lolita, de Vladimir Nabokov
Olvidado Rey Gudú , de Ana María Matute
El señor de las moscas, de William Golding
Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena
Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll
Crimen y Castigo, Noches blancas, el Jugador, de Dostoyesvski
Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes
Romeo y Julieta, de William Shakespeare
La Lectora se trasladó a la mitad del primer milenio a. .J.C., al imperio de Nabucodonosor II, a la ciudad babilónica y se transfiguró en su esposa, hija del rey medo Ciaxares y asistió a las ceremonias del templo Marduk y se paseó por la avenida procesional adornada con 120 leones, que conducía desde una de las puertas abiertas en la gran muralla doble franqueada por un foso, que rodeaba la ciudad, la puerta de Ishtar, nombre de una de sus divinidades, y decorada con policromados y esmaltados, hasta el gran zigurat del templo, la torre piramidal escalonada que conducía hasta el santuario de la Divinidad. Y paseó por el puente de piedra que cruzaba sobre el río Eúfrates que dividía Babilonia en dos. Y se paseó por su fastuoso palacio y sobre todo, por encima de todo, se recreó entre los primorosos jardines colgantes, un regalo de su esposo, jardines sustentados sobre bóvedas descendentes, jardines de ensueño, una de las siete maravillas del mundo.
La Lectora siguió caminando por el paseo de los pinos y en un récodo del camino, semioculto, íntimo, halló un banco y una mesa de piedra, un acogedor escondrijo para hacer revivir los personajes de sus libros. Se sentó en la piedra y abrió su novela. Volvió a Babilonia con Voltaire, a ser la princesa Formosanta. Tres reyes se disputan su mano, pero el faraón de Egipto, el Sha de las Indias y el gran Khan de los escitas son vulnerables ante la destreza y el talento de un joven desconocido que dice ser hijo de un pastor. La lectora se enamora de ese joven, Amazán, y emprende un peregrinaje detrás de este mancebo, el cual creyéndola infiel con el Rey de Egipto, viajará por tierras extranjeras, jurando no amar a nadie más que a Formosanta y no serla infiel, enseñándola cómo se pueden vencer las tentaciones y pasiones que en forma de bellas y seductoras mujeres se le ofrecen y él le es fiel, resiste, hasta llegar a la capital de los galos, gentes ociosas, frívolas y alegres y el joven olvida su promesa rendido ante la belleza de una joven, y es esa debilidad lo que le hace más humano y le afianza, no desbaratando su amor por Formosanta, sino que lo incrementa con nuevas promesas.
La Lectora se ríe, encima de la mesa dos niñas de doce años platican descaradamente, ella escucha, al parecer, la mas pizpireta se llama Lolita, la otra, Ardid, y Lolita le está diciendo a Ardid, en plan burlón, que ese nombre es estúpido, que parece un nombre de cuento que se lo hubiese puesto la Dama del Lago, y Ardid le responde que eso es imposible, pues la Dama del Lago es su más encarnizada rival, y ella es Reina de Olar, esposa del rey Volodioso y futura madre del Rey Gudú. Lolita se tapa los oídos para no oír semejantes sandeces y prefiere volver al libro, a seguir sus devaneos por medio país con su padre putativo, con H.H.
La lectora mira a Ardid y la pequeña Reina la invita a viajar por los túneles hechos por el Trasgo bajo la tierra y a deleitarse con el mosto de los viñedos de las tierras cálidas del sur y a volar en la nube del Hechicero para contemplar desde lo alto las mil y una batallas de sus fieros guerreros en el dominio y conquista de la Tierra Media, pero cansada de tanta lucha y tanta sangre, cierra el libro, no sin antes despedirse de Ardid y sus amigos.
A la semana siguiente, la Lectora, sentada en el banco de piedra del Picnic, en el recoveco del paseo de los pinos, es la única adulta y por ende mujer, en aquella isla habitada tan solo por niños que juegan a cazar jabalíes y hacer asambleas al ritmo de una caracola, pero es invisible, ella no puede intervenir ni aconsejar, no le está permitido inmiscuirse en esta novela, no tiene ningún papel, no puede dar consejos a Jack ó a Ralph, ó a Piggy ó a los gemelos, ni puede abrazar tiernamente a los pequeños, porque desvirtuaría el sentido del relato del Señor de las Moscas, y se limita a pasear por la playa y a bañarse en las pozas azul turquesa, y lo que más hubiese deseado fue haber podido introducir un caja de cerillas para encender la hoguera y una arma de fuego para cazar y por encima de todo cordura y sensatez, solidaridad y amistad.
La lectora llora, porque Alicia Almenara está viendo con sus propios ojos un mundo esperpéntico de seres deformes, grotescos, absurdos, tanto física como psíquicamente en aquel hospital psiquiátrico de la llanura castellana. Y se siente tan identificada con Alicia, con su intelecto, su clarividencia, su snobismo, su misterio, que llegar a ser ella y pasea agarrada de la mano de la niña oscilante y charla amigablemente con su amigo Ignacio Urquieta y se enamora del doctor y el horror de aquellos seres se va transformando en cariño y simpatía, ahora es capaz de empatizar con ellos, incluso con el lascivo y sobón jorobado o el celoso y asesino hombre elefante, con todos, excepto con el prepotente Director y Alicia, cuando recobra la libertad, esta le parece un sinsentido y vuelve, vuelve a su Hospital para quedarse para siempre y la lectora ha de cerrar el libro con todas las fuerzas de su voluntad para no quedarse ella también encerrada allá dentro como Alicia al crecer y crecer y crecer en el país de las maravillas.
Y la lectora pasea por las calles de San Petersburgo, encerrada en el corazón de un joven estudiante atormentado que acaba de cometer un crimen pero que no se siente un criminal y observa el raro mundo de la sociedad rusa de Dostoyesvski, y se enamora de quien no le corresponde y ama y no le aman y se muestra indigno y tiránico con los personajes que aborrece pero tierno y generoso con los que ama, y juega en los casinos y se emborracha y se bate por honor y provoca con las palabras. Extraño mundo.
La lectora sonríe, encima de la mesa tiene dos libros abiertos al mismo tiempo, y sonríe porque un hombre alto, lánguido, barbas de chivo, estrafalario, acompañado de otro bajo y regordete cabalgan a lomos de un rocín y de un jumento por las calles de Verona, y descubren hombres armados que se baten a espadas, los Capuletto y los Montescos, y la Lectora, se esconde tras de un arbusto, al comprobar como el hidalgo Don Quijote, lanza en ristre acomete contra aquellos malandrines, pero ellos son más y le descabalgan, le muelen a palos y abandonado, presencia desde el suelo la riña de dos hombres, Romeo venga a Mercucio, cortando la vida de Tybal, el querido primo de Julieta. Curiosa forma de mezclar a dos autores que aunque llegaron a morir el mismo día del mismo año, un 23 de abril, nunca se llegaron a encontrar ni tal vez a saber el uno del otro.
Y la lectora regresó a la biblioteca a proveerse de otro libro para leer entre los pinos y jugar a ser protagonista de los mismos.
Reseñas literarias :
La princesa de Babilonia, de Voltaire.
Lolita, de Vladimir Nabokov
Olvidado Rey Gudú , de Ana María Matute
El señor de las moscas, de William Golding
Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena
Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll
Crimen y Castigo, Noches blancas, el Jugador, de Dostoyesvski
Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes
Romeo y Julieta, de William Shakespeare
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